lunes, 8 de noviembre de 2010

Tenía hambre e imaginé un bistec pero él no pensaba.
Cortó el cuello y recogió la sangre con cuidado. Hermosas morcillas saldrían de ella. Empezó el despiece. Iba envolviendo los trozos y guardándolos en la arqueta congeladora. Abrió el cráneo y sacó el cerebro. Grande y jugoso. De las ropas que le había quitado sacó el carnet. Catedrático de antropología. Una mente brillante. Quedaría una suculenta empanada.
Los picotazos en la mano le hicieron desangrarse hasta que murió mientras contemplaba pasar las bandadas sobre su cabeza.
La reconoció de inmediato. La agarró por el cabello y se quedó con la peluca en las manos.
         Me quede sin tabaco , provoqué un silencio y mandé el ángel al estanco.


De pronto todos callamos al unísono y el ángel me llenó de pisadas el salón recién fregado.

¡Ni ángel ni leches! Aquí tó dios paga. (en el peaje)